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Quilapayún es la expresión más comprometida y política de la música en Chile, con un significativo trabajo concentrado en los años '60 y '70. El grupo fue el mayor emblema de la Nueva Canción Chilena, el más identificado con el gobierno de la Unidad Popular; y su repertorio, el que mejor representó, antes y después del golpe militar, a la izquierda política del país.
Solemnes en su sonido y presencia —con contenidos latinoamericanistas, antiimperialistas y, a veces, abiertamente contingentes—, Quilapayún exploró en ritmos andinos continentales y en formatos musicales mayores. El exilio, su alejamiento de Chile y la salida de integrantes históricos fueron diluyendo su fuerza. Hoy siguen existiendo en Francia y en Chile, sin las mismas convicciones de antaño, pero con un trabajo musical respetable y un espíritu similar al que inspiró su origen hace casi 50 años,
La reunión de ex integrantes residentes en Chile con otros tres radicados en Europa, en el año 2003, determinó la existencia de dos conjuntos paralelos, situación que se mantiene hasta hoy, y que a ratos tiene episodios de enfrentamiento público entre ambas alineaciones. Aunque la justicia francesa ya dio la razón al grupo que lidera el fundador Eduardo Carrasco, la justicia chilena aun no llega a un fallo definitivo, por lo que en Chile se pueden presentar ambas facciones con el nombre de Quilapayún.
El origen: tres barbas
Tres estudiantes universitarios fueron el eje fundador del grupo: los hermanos Julio y Eduardo Carrasco y Julio Numhauser. El nombre, que en lengua mapuche significa 'tres barbas', buscaba representar la fuerza que querían transmitir, a través de una disciplinada militancia comunista y una convicción que trascendía su oficio artístico. Si bien su inspiración era la música folclórica, la búsqueda de autenticidad los llevó a diferenciarse deliberadamente de la estampa de los conjuntos de huasos y la elegancia del neofolklore. Por eso, su sonido se nutrió de la recopilación de Violeta Parra; del trabajo de los grupos de proyección folclórica, como Cuncumén; y de la incorporación de instrumentos latinoamericanos, una opción musical que en Chile sólo habían desarrollado hasta entonces Los de Ramón.
Con una especial presencia de instrumentos andinos, el conjunto se acercó a la entonces activa "Peña de los Parra" para ofrecerle a Ángel Parra que fuera su director. Fue un trabajo conjunto que, si bien no se prolongó por mucho tiempo, contribuyó a consolidar la personalidad de Quilapayún, que debutó en un festival en Valparaíso, en 1965.
Transformado de trío a cuarteto con la incorporación de Patricio Castillo (estudiante de Filosofía), el grupo adoptó entonces su clásica vestimenta de ponchos negros de castilla, y se integró al elenco de la peña "Chile Ríe y Canta", de René Largo Farías. Fue un trabajo que tomó ribetes más serios a partir de 1966, cuando Víctor Jara se hizo cargo de la dirección del conjunto. Como director de teatro y actor, Jara desarrolló una cuidada puesta en escena, en medio de un disciplinado ritmo de funcionamiento, y terminó por configurar el solemne y trabajado sonido que distinguió siempre a Quilapayún, con su especial y marcado trabajo vocal.
Además, le entregó al conjunto algunas composiciones ("Somos pájaros libres", "Gira, gira, girasol", "El soldado") y los presentó al sello Odeón (EMI), la multinacional con la que trabajaron hasta 1973. Entre sus colaboraciones más significativas está la grabación de un disco en conjunto, Canciones folklóricas de América, y la puesta en escena del tema "Plegaria a un labrador", con el que Jara participó en 1968 del Primer Festival de la Nueva Canción Chilena, en el Estadio Chile. El tema obtuvo el Primer Lugar (compartido con "La chilenera", de Richard Rojas) y se convirtió en un imperdible del cancionero de la época.
En 1967 registraron su primer disco para el sello Odeón (Quilapayún), con canciones de Ángel Parra ("El pueblo"), Víctor Jara ("La canción del minero", "La cueca triste"), populares latinoamericanas y algunas propias, en el inicio de un camino que los llevó a registrar cinco discos con esa compañía. El retiro de Julio Carrasco y Numhauser (quien más tarde forma Amerindios y desarrolló luego una carrera solista) dejó a Eduardo Carrasco como el único integrante original. Así, una nueva formación de Quilapayún tomó forma con la paulatina integración de Carlos Quezada (egresado de Artes de la Universidad de Chile), primero, y luego de Willy Oddó, Hernán Gómez y Rodolfo Parada (los dos últimos, estudiantes de Ingeniería de la Universidad Técnica del Estado, y con experiencia previa en música).
En paralelo a sus grabaciones con Odeón, Quilapayún inauguró en 1967 la Discoteca del Cantar Popular, Dicap, compañía discográfica del Partido Comunista. La iniciativa nació de una serie de canciones muy políticas que el grupo quería grabar y que, ante la posible negativa de EMI, prefirieron hacer con las Juventudes Comunistas. El disco se llamó X Vietnam, fue un saludo al Noveno Festival Mundial de las Juventudes Democráticas en Bulgaria, y apareció bajo etiqueta Jota Jota (más tarde, Dicap). El sello editó hasta 1973 buena parte del catálogo de la Nueva Canción Chilena, y ratificó el carácter angular que Quilapayún tuvo en la conformación de ese movimiento.
De la consolidación al golpe
Tras la edición del disco Basta (1969), que incluyó el clásico "La muralla", el grupo se separó de Víctor Jara (quien emprendió un trabajo similar con los nacientes Inti-Illimani), y se acercó a otros formatos musicales. Su intención coincidió con la propuesta del compositor Luis Advis para registrar la Cantata Santa María de Iquique. El trabajo es una obra mayor de la música chilena, y está inspirado en una matanza de obreros del salitre ocurrida en Iquique, en diciembre de 1907. La historia se presenta alternando relato, canciones e interludios instrumentales.
Grabada en 1969, la Cantata Santa María de Iquique fue la primera obra conceptual del conjunto y es un momentp esencial en la música popular chilena. A ella le siguieron las obras Vivir como él (1971), de Frank Fernández (un homenaje a un guerrillero vietnamita) y La fragua (1973), historia de la lucha de clases escrita por Sergio Ortega. Pero éste fue sólo uno de los vértices del trabajo de Quilapayún en los años '70, porque su actividad durante el gobierno de la Unidad Popular fue excepcionalmente intensa. Siempre como sexteto (tras el reemplazo de Patricio Castillo por Rubén Escudero), el grupo hizo giras por el país y el extranjero, creó una escuela de "quilapayunes" para jóvenes (que multiplicaron bandas como ellos en todo Chile), y siguió grabando para EMI y Dicap de modo simultáneo.
Quilapayún ya había grabado temas emblemáticos como "La muralla" y "Carabina treinta treinta" cuando registran "Venceremos", de Sergio Ortega, (con letra de Claudio Iturra), el himno oficial de la campaña presidencial de Salvador Allende. La incorporación a su repertorio de canciones que ellos llamaron "contingentes" —como "Las ollitas", "La batea" o "El enano maldito acota"—, los puso en el centro de la polarización política que se vivía en esos años. En el Festival de Viña de 1973 esa condición tuvo una dramática muestra: abucheados por parte del público, apenas pudieron terminar su actuación mientras se producían enfrentamientos en las graderías.
En agosto de 1973 emprendieron una gira por Francia que no tuvo regreso. Mientras daban una entrevista en una radio en París, se enteraron de la llegada de los militares chilenos al poder. Fue el inicio de un exilio que se prolongó hasta fines de los años '80. En ese período la banda evolucionó en su música y sus convicciones, manteniendo una escasa comunicación con el público local, pues, obviamente, la música de Quilapayún fue prohibida en el país (al punto de que sólo tener sus discos era motivo de sospecha para los servicios de seguridad del régimen militar).
El exilio y los cambios
Instalados en París, Quilapayún inició una serie de presentaciones en conciertos de solidaridad con la situación en Chile, y se convirtió en Europa en un símbolo de la resistencia. El pueblo unido jamás será vencido (1975), que incluye el himno del mismo nombre escrito por Sergio Ortega, fue su primer disco en el exilio, y mantuvo los códigos líricos y musicales que el grupo desarrollaba en Chile.
Con discos similares y grabaciones en vivo —y una formación de septeto, tras la llegada de Hugo Lagos, en 1972, y el reemplazo de Rubén Escudero por Guillermo García—, el conjunto inició una evolución en su línea artística. Eduardo Carrasco salió en 1978 de los escenarios para asumir solamente la dirección del grupo (en su reemplazo se incorporó Ricardo Venegas), estableciendo un trabajo de taller que llevó al conjunto a desarrollar sus propias composiciones.
Esa nueva forma de trabajo, unida al acercamiento al pintor chileno Roberto Matta y el compositor Gustavo Becerra, fueron la antesala de la decisión de Quilapayún de renunciar al Partido Comunista. La revolución y las estrellas, un libro escrito por Carrasco en 1988, expuso el nuevo ideario del conjunto, bajo el cual editaron una serie de discos en los que rompieron en buena parte con la ideologizada imagen de antaño.
"Y todas las banderas que flamearon / se han ido desgarrando con el tiempo / Habría que decir que ya no estamos / cantando por las grandes alamedas", decía, por ejemplo, el tema de Eduardo Carrasco "Luz negra", muestra de la nueva filosofía del conjunto. "Pusimos la idea del arte y la cultura adelante, y nos alejamos del estalinismo", explica hoy el entonces director del conjunto. Ell desarrollo de nuevos ritmos, y el acento en temáticas más alegres, fueron parte de los nuevos códigos de Quilapayún.
En tanto, en Chile, la censura que sufría su música, las dificultades para acceder a sus nuevos discos (apenas el sello Alerce se atrevió a editar algunas compilaciones) y la enemistad con el entonces contundente Partido Comunista agudizaron la distancia del conjunto con el público local. Por eso sus trabajos de la década de los '80, que contaron el imprescindible aporte del nuevo músico Patricio Wang (proveniente de Barroco Andino), apenas fueron conocidos en el país.
Una gira por Argentina en 1983, los discos Tralalí tralalá (1984) y Survario (1987), además de una nueva cantata de Luis Advis (Sinfonía los tres tiempos de América, de 1988, grabada en Extremadura junto a la española Paloma San Basilio), antecedieron su llegada a Chile, en 1988. Fue un retorno bastante más tímido y menos eufórico que el protagonizado en esos mismos días por Inti-Illimani e Illapu.
Quilapayún permaneció poco tiempo en Chile y dio un concierto de reencuentro en el capitalino teatro California, al que convocaron cerca de dos mil personas y tras el cual registraron un nuevo disco en vivo. El conjunto decidió no quedarse en Chile y partió de regreso a Francia. Sin embargo, no los acompañaron Eduardo Carrasco ni Willy Oddó (quien ya había renunciado a Quilapayún el año anterior), quienes aducen, acaso crípticamente, que "hay que saber morir". Carrasco decidió concentrarse en labores académicas y en una intermitente carrera de cantautor solista. Oddó murió asesinado en 1991, en confusas circunstancias que llenaron la crónica roja de la época.
Encuentros y desencuentros
Tras su gira por Chile y la salida de su director (rol que se divide desde entonces entre Parada y Wang), la actividad del grupo descendió ostensiblemente. En 1992, cuando se retiraban Carlos Quezada y Ricardo Venegas (ex Barroco Andino, luego líder de Preludio), el conjunto editó Latitudes, y desde entonces mantuvo una actividad que si bien nunca se detuvo, ha tenido largos períodos de inactividad. Poco antes, se había incorporado al grupo Daniel Valladares, de Ortiga.
En 1997 regresaron a Chile para realizar presentaciones en varios escenarios y montar (en noviembre) nuevamente la Cantata de Santa María de Iquique. Matizado con "quince canciones esenciales" seleccionadas por el conjunto, el espectáculo se ofreció primero ante unas 15 mil personas en la abandonada salitrera de Santa Laura, y luego en otras tres ciudades a lo largo del país, incluyendo dos noches de lleno en el capitalino Teatro Monumental. Entonces, el actor Héctor Noguera reemplazó a Héctor Duvauchelle, el narrador original. Pese a este éxito, el grupo no pudo esquivar las críticas de gente como Patricio Manns, la familia Duvauchelle y el propio compositor de la obra, Luis Advis.
Quilapayún volvió a Francia y anunció una próxima visita que no materializó sino hasta fines de 1999. Un poco antes, casi toda su discografía pasó al sello multinacional Warner Music, permitiendo así la reedición de quince de sus más importantes álbumes y la publicación de una Antología doble en 1998, que resulta una estupenda introducción al conjunto de su obra. En 1999, esa misma etiqueta publica Al horizonte, trabajo grabado en París que combinó composiciones propias con versiones para títulos de gente como Serge Gainsbourg y Víctor Jara, buena muestra de la amplitud de referentes que para entonces caracterizaba a un conjunto que ya acogía sin prejuicios instrumentos eléctricos y citas a la llamada world-music. "Lo que resume nuestro camino es el tratar de tomar la tradición para desestructurarla y volverla a estructurar. Nuestra vinculación política del principio hizo que fuéramos más conocidos, pero lo esencial ha sido siempre el tratar de modernizar la canción tradicional", explicaron al presentar ese álbum.
El año 2001 Quilapayún sufrió una nueva baja: Guillermo García. Si bien fue reemplazado, como todos quienes desde los años '90 habían dejado el grupo, su deserción denotó una crisis ya difícil de ocultar, y que se desencadenó con fuerza al año siguiente con la renuncia de Hugo Lagos y Hernán Gómez. Articulado en torno a Rodolfo Parada (el dueño del nombre), Patricio Wang y Patricio Castillo (que regresó al grupo que había dejado en 1971), el conjunto se mantiene en una actividad relativa, y su trabajo más reciente es el DVD A Palau (2004), registro en vivo de un concierto del 2002 en Barcelona, España.
De modo simultáneo, todos los ex integrantes del grupo que permanecían en Chile se reunieron en el 2003, al cumplirse treinta años del golpe militar, liderados nuevamente por Eduardo Carrasco. Con Ismael Oddó, hijo de Willy, en el papel de su padre, el grupo realizó nuevas presentaciones, anunciadas siempre con el nombre de Quilapayún . Se producía así la coexistencia de dos grupos de igual nombre y repertorio, trabajando a la vez en dos continentes.
La facción chilena de Quilapayún comenzó a ganar terreno, y se presentó en Santiago, México D. F., Quito, Madrid y hasta en Francia, amparada por un fallo del Departamento Chileno de Propiedad Intelectual que les autorizaba al uso del nombre, aunque este pertenezca a Rodolfo Parada. La edición del CD y DVD Quilapayún... El reencuentro, a fines de 2004, incluyó imágenes en vivo y entrevistas a los músicos, y fue la expresión concreta de una reunión que luego se consolidó con tres llenos en el Estadio Víctor Jara junto a la facción histórica de Inti-Illimani, en una jornada también editada como disco y DVD a fines de 2005.
Al margen de la disputa sobre el nombre, la existencia de un Quilapayún en Chile consiguió sin duda un reencuentro del conjunto con el público local, hecho que no se había producido a la misma escala desde su exilio. Mientras tanto, la facción francesa se mantiene en actividad ocasional en escenarios de ese país, recreando el mismo repertorio. Para julio del 2006, sin embargo, realizaron una gira por Chile, reencontrándose con su propio país, del que estaban ausentes desde hace siete años. En el 2010 regresaron nuevamente a Santiago, aunque no han tenido producciones discográficas nuevas que mostrar.
En esa misma dimensión, en cualquier caso, la llamada facción chilena, ha mostrado una mayor productividad. La reedición de temas antiguos inéditos en el disco La vida contra la muerte el año 2005, y la grabación de dos discos nuevos (Siempre y Solistas), con temas de originales, y versiones de canciones Víctor Jara, Violeta Parra, Luis Advis e incluso del uruguayo Leo Masliah, han demostrado la actividad de ese conjunto, a pesar de que la mitad de sus integrantes reside entre Francia y Bélgica. Su actividad en vivo en Chile es permanente, y en todas las instancias judiciales (excepto en la chilena) han obtenido el derecho a usar el nombre.
Con todo, aún no es claro cuál será el factor que dirima cuál de las dos facciones tiene más derecho a continuar con el nombre Quilapayún: el éxito de un disco nuevo, la perseverancia de los músicos, una resolución judicial o la respuesta del público. Como sea, hoy Quilapayún se ha podido ver en vivo en Chile, y sus discos están casi todos disponibles en formato compacto. Ambos son hechos que ocurren recién ahora, a más de cuatro décadas de su formación, y que de alguna manera le hacen justicia a este conjunto, uno de los más importantes de la historia de la música popular chilena. Al margen de la importancia mediática que se le ha dado, su conflicto, en el contexto histórico de Quilapayún, es un episodio menor.
Fuente: Jorge Leiva.
musicapopular.cl

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